Pensar la vida tras la muerte de un sabio
Le he dado muchas vueltas a la muerte de Gastón Soublette. Como mujer, como madre, como habitante de Abya Yala, su partida me moviliza no solo por lo que él representaba, sino por lo que su figura revela sobre nosotrxs como sociedad.
Siento que su trayectoria encarna una de las paradojas más notables del pensamiento crítico en contextos colonizados: la del mediador blanco que, desde su posición de privilegio, abre puertas hacia saberes que han sido históricamente negados, pero que, al mismo tiempo, no logra o no desea desmantelar del todo el sistema que los niega.
Sin duda, Soublette fue un defensor honesto del mundo espiritual, de la sabiduría originaria, del arte popular, del pensamiento oriental. También fue parte de la elite ilustrada, de la academia criolla, de esa institucionalidad que otorga reconocimiento público a ciertas voces y silencia muchas otras.
Su muerte ha provocado un duelo nacional cargado de sentido ritual. Representaba algo escaso: cierta nobleza ética, una voz pausada en medio del ruido, una figura que hablaba del alma cuando casi todxs hablaban de eficiencia. Para muchxs fue un símbolo de cordura en tiempos de locura. Y eso tiene un valor cultural innegable.
Pero me pregunto: ¿por qué figuras como Soublette logran tanto reconocimiento, mientras centenares de sabixs indígenas, afrodescendientes, campesinxs o populares no figuran en portadas ni en catálogos universitarios?
La sociedad chilena, como muchas en América Latina, parece necesitar que ciertas ideas sean validadas por figuras "respetables": blancas, masculinas, académicas, para que tengan valor público.
Es la vieja lógica colonial: cuando una persona originaria habla del Az Mapu, se le mira con sospecha. Cuando un profesor blanco lo cita, se le escucha con interés.
Esto no es un juicio moral sobre Gastón Soublette, sino una observación estructural. Su legado es valioso, pero también cómodo. Su crítica al capitalismo fue más estética que política, más moral que estructural. Habló de la destrucción de la naturaleza y de la pérdida del sentido, pero su silencio ante el genocidio en Palestina, por ejemplo, es elocuente. No es que no supiera; es que eligió no incomodar.
Como madre, como mujer que cría en un mundo atravesado por el genocidio, la expulsión y el saqueo, me duele ese silencio. Porque el silencio no es neutral. El silencio es una toma de posición. Y cuando alguien que ha cultivado una voz ética guarda silencio frente a la ocupación, al hambre como arma de guerra, al bombardeo de niñxs, ese silencio se vuelve cómplice.
La espiritualidad sin justicia es evasiva. La defensa de lo sagrado sin denuncia es incoherente. Realmente siento que no basta con hablar de armonía si no se nombran las estructuras concretas de opresión, si no se condena al colonizador, al invasor, al genocida.
La lucha por la vida exige valentía política.
Ahora que Soublette ha muerto, me pregunto: ¿qué hacemos con su legado? ¿Lo usamos como portal para mirar más allá, para dejar de centrar siempre a las figuras consagradas y empezar a valorar las muchas voces silenciadas que existen en los márgenes?
La muerte de Soublette puede ser una oportunidad para revisar cómo seguimos reproduciendo autoridad simbólica, cómo seguimos necesitando ciertos rostros para legitimar lo que lxs pueblos han dicho durante siglos.
A mí me interesa lo que su figura revela sobre nosotrxs: cuán profundo es el anhelo de una espiritualidad con nombre propio. Pero también reconozco que nadie es completamente coherente. Que incluso las figuras que admiramos tienen contradicciones. Tal vez él no tuvo la fuerza, el tiempo o el deseo de incomodar más allá de ciertos límites.
Tal vez su apuesta fue otra: cultivar una sensibilidad que, sin romper del todo con el orden, ofreciera pequeñas grietas por donde mirar hacia otro mundo posible.
No se trata de negar su valor, sino de ampliar la conversación. De dejar de buscar mesías éticos y empezar a tejer redes colectivas de pensamiento, donde la sabiduría no esté encerrada en templos ni universidades, sino viva en los cuerpos, en los territorios, en las resistencias cotidianas.
En ese sentido, su muerte no es un final. Puede ser un llamado. La ocasión para preguntarnos, con rigor y con ternura: ¿de qué lado estamos cuando hablamos de la vida? ¿Y qué precio tiene nuestro silencio cuando callamos ante la muerte?
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