¿Dónde quedó nuestra lengua madre?

El cuerpo es el primer territorio. Lo habitamos antes que cualquier frontera, antes que cualquier ideología, antes que cualquier idioma aprendido. Somos cuerpos: carne viva, vibrante, vulnerable. Somos cuerpos que caminan, que sienten, que se enferman, que sanan, que dan vida y que mueren. Pero además —y esto es algo que nos ha costado recordar—, el cuerpo no es solo humano: también somos bacterias, virus, hongos, parásitos. Una multitud biológica que convive y se regula. Somos una comunidad viviente dentro de una comunidad viviente.

Este principio —que la vida no es individual sino interdependiente— parece hoy una verdad olvidada. ¿En qué momento el mundo se desvió tanto? ¿Cuándo dejamos de respetar la vida, esa que brota desde lo más pequeño y se extiende hasta el universo? ¿Cuándo dejamos de pensar en el futuro, o acaso nunca lo hemos hecho realmente?

Muchas personas apuntan al capitalismo como el origen del mal. Sin duda, este sistema económico ha mercantilizado todo: el tiempo, los vínculos, los cuerpos, los sueños. Pero quizá el problema es más profundo y más antiguo. Quizá el corazón de esta forma de habitar el mundo —desde la competencia, el despojo y la explotación— está en el patriarcado. Un sistema de pensamiento y organización que separa en lugar de vincular, que jerarquiza en lugar de reconocer, que domina en lugar de cuidar.

El patriarcado no solo oprime a las mujeres: construye una forma de ser humano basada en la negación del otro, en el desprecio por la vulnerabilidad, en la expulsión del cuidado de los espacios públicos. Gobernar sin cuidar, legislar sin mirar, decidir sin amar: ese es su legado.

La colonización de los cuerpos y de la tierra fue también una colonización de la mirada. De una mirada que ve al mundo como recurso, y no como madre. Que transforma la vida en cifras y propiedad privada. Y al hacerlo, produce muerte: guerras, desplazamientos, hambrunas, ecocidios, desapariciones.

Cómo es posible que hoy, en pleno siglo XXI, permitamos que miles de niños y niñas mueran de hambre en Gaza, frente a los ojos del mundo? ¿Cómo puede ser que sus muertes no interrumpan nuestras agendas, nuestros algoritmos, nuestros discursos de paz? ¿Hasta cuándo seguirán cayendo bombas sobre infancias que solo quieren vivir?

¿Cómo es posible que sigan desapareciendo guardianxs de la tierra en Chile y Latinoamérica? ¿Dónde está Julia Chuñil? ¿Dónde está María Ignacia? ¿Por qué el silencio se traga sus nombres como si fueran prescindibles?

Pensar en el futuro no puede ser un ejercicio frío de planificación económica. No puede ser la promesa vacía de una tecnología que todo lo resolverá. Pensar el futuro es un acto profundo de cuidado. Es asumir que el mundo que vendrá depende de nuestras decisiones de hoy, pero también de nuestros silencios, de nuestras omisiones, de nuestras cobardías.

Para cuidar, hay que sentir. Para sentir, hay que recordar que somos red, somos comunidad, somos tierra.

Porque solo desde la ética del cuidado podemos recuperar el sentido de la vida como algo sagrado, compartido y frágil. No hay posibilidad de sostenibilidad sin ternura. No hay justicia sin memoria. No hay porvenir sin cuerpos que vivan y no solo sobrevivan.

 ¿Dónde quedó nuestra lengua madre?

Esa lengua madre —la que se habla con las manos, con los cantos, con el cuerpo— fue desplazada, ridiculizada, acallada. Y con ella, se silenció también una forma distinta de estar en el mundo. Una forma que no separa naturaleza y cultura, razón y emoción, lo humano y lo no humano.

Hoy, volver a esa lengua es una tarea urgente. Porque solo desde ella podemos reconstituir los vínculos rotos. Solo desde ella podemos reaprender a habitar el mundo como parte de un todo, y no como dueños de nada.

Este texto es una invitación. A llorar, a sentir, a incomodarse. A dejar de normalizar lo insoportable. A dejar de vivir anestesiadxs frente al horror. A volver al cuerpo como territorio, al cuidado como política, al futuro como pacto intergeneracional.

Porque sí: hay esperanza. No como promesa ingenua, sino como acto de voluntad. Hay millones de personas sembrando, cuidando, resistiendo. Mujeres que crían y luchan. Jóvenes que protestan. Pueblos que aún recuerdan su lengua madre.

La historia no está cerrada. El guion no está escrito. Podemos —todavía— cambiar el rumbo.

Pero para eso, hay que volver a escuchar. Volver a nombrar. Volver a cuidar.

Volver a la lengua madre.




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