El deseo

 El deseo nace antes que la palabra. Antes que la ley. Incluso antes que el miedo. Es una fuerza primaria, como un temblor que atraviesa el cuerpo y la historia, es una sed que no siempre sabe que la saciará.  El deseo es el fuego que puede iluminar el hogar o reducir la ciudad a cenizas.

En su origen íntimo surge de la falta como apertura. El espacio vacío que hace posible el movimiento. Algo en nosotrxs busca expandirse, tocar, conocer, poseer o transformar. Nunca se queda quieto. Evoluciona, muta, se organiza, se educa o se pervierte. 

Hay deseos que nacen del cuerpo y deseos que nacen de la idea. El deseo erótico busca la fusión; el deseo estético busca la belleza; el deseo de conocimiento quiere nombrar lo invisible. Existe el deseo de pertenecer, el deseo de ser reconocidx, el deseo de trascender la muerte dejando una huella. Y también existe el deseo de dominar, de acumular, de someter. No todos los deseos tienen la misma textura moral, aunque todos compartan la misma raíz ardiente.

El peligro comienza cuando el deseo deja de escuchar. Cuando se vuelve sordo al cuidado, ciego a las consecuencias, indiferente a la fragilidad de la vida. Un deseo que pasa a llevar todo cuidado se convierte en voracidad. Ya no busca convivir con el mundo, sino devorarlo. En ese punto, el deseo deja de ser humano y se vuelve maquinaria.

Así han operado históricamente los deseos de quienes detentan el poder. El imperialismo no es solo un sistema económico o militar: es un deseo desbordado, una fantasía de expansión infinita. Es la creencia de que el mundo existe para ser tomado. El colonialismo nace del deseo de poseer tierras, cuerpos, lenguas y dioses ajenos; de inscribir el propio nombre sobre geografías que ya tenían memoria. Bajo su lógica, el otro no es un sujeto que desea, sino un objeto del deseo del poderoso.

El deseo imperial no conoce el límite porque se alimenta de la negación del otro. Cuanto más arrasa, más hambre tiene. Se disfraza de civilización y de progreso.  Promete orden y siembra ruinas. Y cuando habla de desarrollo, en realidad habla de extracción. Cuando habla de paz, habla de silencio impuesto. Es un deseo que ha aprendido a presentarse como necesidad histórica.

Pero el deseo no pertenece solo a los tronos ni a los imperios. Existe otro deseo, más antiguo y más frágil, que camina entre los escombros: el deseo de justicia social. Este deseo busca reparar al mundo. No quiere expandirse sobre los demás, sino abrir espacio para todxs. Nace del dolor compartido, de la herida que se reconoce colectiva y de la intuición de que la vida podría ser distinta.

El deseo de justicia es profundamente político porque es profundamente ético. Desea pan, pero también dignidad. Desea igualdad sin uniformidad. Desea libertad, pero no a costa de la vida ajena. Es un deseo que grita desde la urgencia. Quiere condiciones para vivir sin miedo. Quiere futuro.

Y sin embargo, incluso este deseo corre riesgos. Puede endurecerse, volverse dogma, olvidar el cuidado que lo originó. La historia nos enseña que ningún deseo está a salvo de convertirse en tiranía si pierde la capacidad de mirarse a sí mismo. Por eso, el desafío no es eliminar el deseo —eso sería negar la vida—, sino aprender a habitarlo con responsabilidad.

Tal vez lo verdaderamente épico no sea conquistar continentes ni derribar estatuas, sino sostener un deseo que no destruya aquello que ama. Un deseo que arda sin consumirlo todo. Un deseo que sepa detenerse. 

Porque al final, la pregunta no es qué deseamos, sino cómo deseamos. Y de esa respuesta depende no solo nuestra historia personal, sino el destino común de la tierra que compartimos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Dónde quedó nuestra lengua madre?

Porque nos enseñaste a quemarlo todo si era necesario