Porque nos enseñaste a quemarlo todo si era necesario

 Hoy se cumplen cuatro años desde que Luisa Toledo partió físicamente de este mundo, pero su presencia no ha dejado de resonar con fuerza en las calles y en la memoria viva de quienes siguen luchando. Su voz, su gesto y su claridad siguen siendo guía para quienes no se rinden.

Luisa no solo fue madre de sus hijos, sino también madre simbólica de una generación que aprendió de ella que la defensa propia no es pecado, que resistir es un derecho y que el amor también puede ser rabia, coraje y fuego. Nos enseñó que la violencia no es mala cuando nace del amor profundo, cuando es respuesta a un sistema que nos quiere sumisos y en silencio.
Nos ayudó a desarmar esa idea que nos enseñaron de que no hay que defenderse, de que siempre hay que aguantar. ¡No! Luisa nos dijo con su vida que hay que luchar, cueste lo que cueste, por un mundo más justo.

El golpe más duro lo recibió el 29 de marzo de 1985, cuando sus hijos Rafael y Eduardo fueron asesinados por agentes del Estado. Aquello que habría destruido a cualquiera, a ella la transformó. El dolor se volvió fuego, el llanto se volvió grito.
 Salió a la calle con una determinación feroz, sin miedo, con la convicción de que nada estaba perdido si aún quedaba amor para defender.
“Hay que quemarlo todo si es necesario”, decía, con la voz quebrada de quien ha perdido todo, pero también con la furia de quien sabe que el amor merece ser defendido con uñas, dientes y barricadas.

Tres años más tarde, en 1988, la muerte de su hijo mayor, Pablo, marcó un quiebre profundo. Ya no halló consuelo en la iglesia; rompió con los moldes y buscó respuestas en otras formas de espiritualidad. Su fe se volvió energía, su dolor, palabra, y su lucha, una fuerza ancestral. 

Nunca dejó de estar en la calle. Nunca dejó de pelear. En una de sus últimas acciones, empuñó el bastón ceremonial entregado a su hijo Manuel por una comunidad mapuche, usándolo como arma para defender a manifestantes que estaban siendo reprimidos. Así era ella: valiente, frontal, sin concesiones. Amaba tanto la vida que estaba dispuesta a enfrentar la muerte con tal de defenderla.

Hoy, a cuatro años de su partida, el legado de Luisa Toledo Sepúlveda sigue encendido como antorcha entre quienes no se resignan. Su historia no es solo la de una madre marcada por el dolor: es la de una mujer que nos devolvió el derecho a la rabia, a la defensa, a la dignidad. Nos recordó que el amor no siempre es manso, que a veces arde, golpea y grita.
Y que cuando se trata de defender la vida, la justicia y la memoria, toda forma de lucha es válida.






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