Materia de fe

 

La existencia humana no es solo materia. Somos flujo, interconexión, autopoiesis, entramado de vida, organismo y relación. Aún así, el neoliberalismo ha reducido esta complejidad a su versión más estéril: personas aisladas, fuerzas de trabajo desconectadas, personas consumidoras que orbitan en torno a mercancías, separadxs de lo común, de lo vital.

 Desde hace décadas sabemos que las personas no somos una entidad cerrada, sino un ecosistema en sí mismo. Virus, hongos, bacterias y parasitos conviven en y con nosotrxs. Tan así que estas son parte integral de nuestra salud, de nuestras emociones e incluso de nuestros procesos de pensamiento.

Si en el plano biológico la interdependencia es innegable, porque insistimos en modelos de separación y dominio en lo social?

  La respuesta es clara: el sistema neoliberal ha construido una arquitectura de fragmentación que nos hace creer que la autonomía es independencia, que la supervivencia es competencia, que la otra persona es amenaza en vez de extensión de nuestro ser.

 

Segregación: La Estrategia del Poder

Nos dividen en clases, razas, géneros, geografías; nos atomizan en burbujas de información, en redes que nos conectan sin acercarnos. Nos hacen creer que la identidad se construye en oposición a la otredad, y no en relación con ella.

La segregación no es una consecuencia accidental del sistema: es su fundamento. Una persona aislada es más fácil de controlar. Una comunidad desarticulada es incapaz de resistir. El neoliberalismo no solo nos despoja de nuestros medios de producción, sino también de nuestra capacidad de imaginar otras formas de estar en el mundo.

 

Materia de fe como potencial transformador 

La física cuántica ha revelado una verdad que las cosmovisiones ancestrales ya intuían: la materia es energía en constante vibración, en permanente interacción con su entorno. No hay fronteras absolutas, no hay cuerpos cerrados: somos flujos de información, de movimiento, de vida.

En este contexto, la fe no debe entenderse  como un dogma impuesto, sino como un acto de confianza en la interconexión de todo lo que existe. Tener fe en la posibilidad de lo común, en la potencia de la cooperación, en la creatividad de lo colectivo, es un gesto revolucionario. Somos materia de fe porque somos materia viva, vibrante, en transformación.

 

Para desafiar la segregación neoliberal, debemos recuperar la estésis: ese sentir profundo que nos une al mundo, a lxs otrxs, a la energía que nos atraviesa. Reencontrar la espiritualidad como dimensión vital, no como estructura de dominación, es una tarea urgente. Espiritualidad entendida no como escape, sino como arraigo; no como sumisión, sino como potencia de transformación.

Si aceptamos que nuestra existencia es interdependiente, que somos tanto materia como energía en flujo, entonces podemos comenzar a reorganizar nuestra manera de habitar el mundo. No desde la separación y el dominio, sino desde la cooperación y la sinergia.

 La Materia de Fe es más que una idea: es una invitación a recuperar la capacidad de imaginar lo común, de resistir la fragmentación impuesta y sintonizar con el latido profundo de la existencia.

 


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