Septiembre Negro

Hace 51 años, el 11 de septiembre de 1973, Chile vivió uno de los momentos más oscuros de su historia. Un golpe de Estado, liderado por las Fuerzas Armadas bajo el mando del General Augusto Pinochet y respaldado por intereses externos, derrocando al gobierno democrático de Salvador Allende. El país, que había sido testigo de un proceso revolucionario pacífico y democrático, eligiendo un gobierno comprometido con la justicia social, la soberanía y la dignidad del pueblo, se vio sumido en una dictadura militar que duraría 17 años.

Ese día no solo se interrumpió la democracia; se desató una represión brutal que dejó miles de personas muertas, desaparecidas y exiliadas. La tortura, las ejecuciones extrajudiciales y la desaparición forzada se convirtieron en herramientas del Estado para silenciar la disidencia y erradicar cualquier forma de resistencia. Las fuerzas militares ocuparon las calles, los centros de detención y el miedo se extendieron como una sombra que cubría todo el país.

Pero el golpe de Estado no fue solo un golpe militar. Fue un asalto al modelo de desarrollo que Allende había intentado construir, basado en la redistribución de la riqueza, la nacionalización de los recursos naturales y la defensa de los derechos de lxs trabajadorxs y campesinxs. Lo que vino después fue la implementación de un modelo neoliberal que consolidó la concentración de la riqueza en manos de unxs pocxs, profundizando la desigualdad estructural y sometiendo al país a una lógica extractivista que continúa hasta hoy. Bajo este modelo, la tierra, el agua, y los recursos naturales son explotados sin consideración por la vida humana ni el bienestar de las comunidades. La sobreexplotación de la tierra, que comenzó con la brutalidad del colonialismo, sigue vigente, avanzando sin freno con la única intención de exprimir hasta la última gota de nuestros recursos, nuestras vidas, nuestras esperanzas.

Y aquí estamos, 51 años después, con la memoria aún sangrante. ¿Cuántas vidas más permitiremos que se nos arrebaten? Desde entonces, la represión no ha cesado. Los asesinatos de activistas ambientales, defensores de derechos humanos y líderes comunitarios continúan, y el aparato represivo sigue activo, con diferentes nombres, pero con el mismo objetivo: proteger los intereses de los poderosos, silenciando a quienes luchan por la justicia y la dignidad.

Es doloroso ver que estos días, en el marco de la conmemoración de las personas desaparecidas, otra vida ha sido arrebatada. ¿Hasta cuándo permitiremos que esto continúe? La historia nos ha mostrado que en Chile, quienes desafían al extractivismo y al poder establecido pagan con su vida. Este país no solo mata a quienes se manifiestan, sino que busca apagar cualquier chispa de organización comunitaria, cualquier intento de crear nuevas formas de vida y de resistir.

Frente a esto, es vital mantener encendido el fuego interior. No podemos permitir que el miedo nos paralice. Debemos organizarnos, actuar con amor y solidaridad, y construir soluciones desde abajo, desde nuestras comunidades, a través de circuitos autónomos de distribución y cooperación. Porque septiembre es negro, octubre es nuestro, y el horizonte seguirá oscuro si no nos levantamos y nos organizamos.

Luchamos por la memoria, pero también por la vida que aún nos queda por construir. ¿Cuánto más vamos a esperar? ¿Cuántas más serán las vidas que apaguen antes de que digamos basta?


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